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Haciendo Nuestra la Práctica de la Paz

By Zoketsu Norman Fischer | Nov 01, 2004
Location: Mar de Jade
Spanish translation of Going Forth: Taking up the Path of Peace / plática impartida en un Sesshin en Vancouver, B.C., noviembre del 2004

 

Spanish translation of Going Forth: Taking up the Path of Peace

plática impartida en un Sesshin en Vancouver, B.C., noviembre del 2004

Ayer me ajustaba mi sotana de maestro zen, algo que siempre me parece que estoy haciendo, y en un sesshin, si eres un sacerdote, una de las cosas principales que tienes que hacer es ajustar tu sotana, ponértela, quitártela, ponértela, quitártela. A veces se cae un poquito por aquí y a veces un poquito por allá. Mientras me ajustaba mi sotana, como lo he hecho en innumerables ocasiones, pensaba para mi mismo, esto es justamente como el Ejército. Tengo mi uniforme, y lo tengo que usar del modo correcto. El Ejército es de esa forma, con todas estas regulaciones -justo como en Zen- de cómo usar el uniforme propiamente, y uno pierde méritos si porta el uniforme de manera incorrecta. En efecto, nuestra práctica es pavorosamente similar al Ejército -toda esta atención a varios puntos de disciplina, todos estos detalles sobre los que nos volvemos quisquillosos, ¡y especialmente cuando estamos haciendo oryoki! Si pones tus palillos chinos de este lado o del otro, si deben apuntar en esa o esta otra dirección -justo como en el Ejército, cuando vienen a inspeccionar las barracas, tus zapatos deben de estar aquí, y boleados -tus platos deben de estar limpios, y apilados justo de tal manera. Limpieza, precisión, disciplina, ponerse de pie con plena atención esperando a que el oficial comandante entre, ponerse de pie con plena atención a que el oficial comandante se vaya, para que entonces tu te puedas retirar. Guarden silencio, sean humildes, pongan atención a la cadena de comandos. Es tal como el Ejército, ¿no lo creen?

Ahora, yo nunca he estado en el Ejército, pero he tenido conversaciones con otros estudiantes del Zen que si han estado y han remarcado lo similar que es. Mi padre siempre deseo profundamente que yo me uniera al Ejército como el fue obligado a hacer, porque pensó que esto era justamente lo que yo necesitaba. Pensó que yo era tan revoltoso, desordenado, impulsivo e indisciplinado que necesitaba desesperadamente que alguien me enderezara, y el Ejército sería capaz de hacerlo porque él no había tenido éxito en lograrlo. Él creía mucho en el Ejército ya que sintió que le había ayudado enormemente a enderezarse. En ese tiempo, yo no estaba únicamente para nada interesado en unirme al Ejército, sino que estaba mucho muy en contra de él y de todo lo que éste representaba, y esto realmente disgustaba y hacía enojar a mi padre.

Cuando empecé a practicar el Zen, él pensó que esto constituía la cosa más estúpida en el mundo, más evidencia de mi locura. Pero después de muchos años se dio cuenta de que mi práctica de Zen efectivamente me estaba transformando en muchas de las maneras en que él había esperado que el Ejército me cambiara. Me convertí en una persona mucho más estable, mucho más cuidadosa, consciente, y considerado de los demás. Este último aspecto era un punto importante para mi padre, y a través de los años he llegado a apreciarlo por ello. Siempre estaba detrás de mí instándome a que reconociera el hecho de que vivía en el mundo con otros. No era simplemente un vaquero viviendo por mi mismo en las praderas, utilizándolas como casa y existiendo solo por mi cuenta. Esto es lo que el Ejército le había enseñado, y cuando vio que mi vida había cambiado mucho a partir de mi práctica de Zen, que se parecía mucho a un entrenamiento fundamental, como un campamento de ejercicios, empezó a apreciar la práctica del Zen un poquito. Hacia el final de su vida, aunque todavía se le hacía extraña y bizarra, pensó que tal vez la práctica del Zen merecía un crédito que podía otorgársele después de todo.

Entonces sí, nuestra práctica es una especie de entrenamiento fundamental, y cada sesshin es como entrar en maniobras o juegos de guerra. Por lo tanto, deberíamos ser capaces de apreciar y entender a los soldados. Realmente deberíamos ser capaces de apreciar y entender el espíritu y dedicación de un soldado, su coraje y disposición a someterse a algo duro en aras de un propósito más elevado, tal como nosotros.

Claro que hay una diferencia importante entre los soldados que pelean en guerras y nuestro ejército Zen, y es una diferencia en propósito. Nosotros somos, esencialmente, un ejército comprometido con la paz. No obstante, si le preguntaran a los soldados acerca de esto, muchos dirían con sinceridad que ellos también están comprometidos con la paz y que el propósito de su ejército es preservar la paz. Pienso en esto porque uno de nuestros hijos va a contraer matrimonio en el verano, y va a casarse con una mujer que proviene de una familia de militares. Su suegro prospectivo ha sido un soldado toda su vida, de quien estoy seguro siente que su vida se ha tratado totalmente de proteger la paz. Hay personas en el ámbito militar que sienten con toda sinceridad que la gente que marcha o protesta por la paz más bien está creando guerra, porque personas agresivas pueden aprovecharse de esta agitación en nombre de la paz y envalentonarse por ella para ser todavía más agresivos, pensando que se pueden salir con la suya. Muchos soldados piensan de esa manera. Y posiblemente haya un grano de verdad -vale la pena considerarlo. Extrañamente, para gente como esta, paz significa guerra, y guerra significa paz, en este cálculo harto curioso. Cuando pensamos en ello, en el último siglo más o menos, las guerras más desastrosas en el planeta se han peleado en nombre de la paz. Parece ridículo -nuestros gobernantes nos dicen, esta guerra no está siendo luchada por algún placer bélico o por los botines de la victoria, sino por la paz, el bien. En los últimos cien años más o menos nosotros como especie hemos estado trabajando bajo la idea de que necesitamos tener un mundo pacífico, y al llevarlo a cabo hemos estado gestando todas estas guerras. La presente guerra contra el terror ha sido definida en exactamente estos términos.

Sin embargo, cada vez se nos ocurre a más y más de nosotros que la guerra es una herramienta muy torpe y desatinada para la consecución de objetivos de política internacional. Se nos ocurre a nosotros que el lado negativo de la guerra -la destrucción humana, social y ambiental, la cual nunca acaba cuando la guerra se termina, pero continua y continua, creando problemas futuros impredecibles- es muchísimo más grande que cualquier aspecto positivo que pudiera haber. Más y más gente en el mundo está notando que esto es así y se está movilizando para crear un mundo en el que ya no hagamos la guerra para lograr la paz. Desafortunadamente, no todos nosotros vemos esto, y algunos que no lo ven tienen posiciones de enorme palanca política y entonces tienen la habilidad de hacer la guerra en nombre de todos nosotros.

Existe un consenso creciente en el mundo de que la guerra, si bien ultimadamente inefectiva, se encuentra bien desarrollada, mientras la alternativa a la guerra, una paz actual y duradera, se encuentra severamente subdesarrollada. Somos realmente buenos para hacer la guerra, pero no tan buenos para hacer la paz. Porque la paz requiere disciplina, entrenamiento básico, tácticas, destreza, energía, compromiso, e inteligencia, tal como lo requiere la guerra. Creo que el elemento más interesante de la elección más reciente en los Estados Unidos fue la sugerencia de un candidato de que este país debiera establecer un Departamento para la Paz, una sugerencia que fue recibida con burla. Pero es una excelente idea. ¿Si tuviéramos un Departamento para la Paz y tuviera un presupuesto, en que trabajaría? ¿Qué tipo de nuevas e impredecibles posibilidades abriría para un activismo? ¿Qué caminos descubriría para que la Paz fuera una alternativa accesible y bien desarrollada en contraposición a la Guerra?

Entonces, volviendo a nosotros mismos, el Buda habló de cuatro formas de práctica: el no practicar, el practicar para uno mismo, el practicar para otros, y el practicar para ambos, para uno mismo y para otros; la mejor de estas siendo el practicar tanto para uno mismo como para los demás. Si esto es lo que estamos haciendo, entonces verdaderamente necesitamos conceptualizarnos a nosotros mismos como practicando para la paz, disciplinándonos, volviéndonos más pacíficos, pero no para nuestro beneficio solamente: entrenándonos de tal forma que podamos convertirnos en guerreros efectivos para la paz, para que la paz se pueda propagar. Y no me refiero a una paz ingenua, sino a una que tome en cuenta la manera en que el mundo realmente es. Necesitamos ser activistas por la paz dispuestos a ir hacia adelante haciendo la paz.

Me gustaría ofrecer algunas sugerencias de cómo podemos practicar la paz, dándonos cuenta de que verdaderamente el practicar la paz es un trabajo desalentador. Primero que nada, tenemos que reconocer que nuestros problemas personales no son sólo nuestros problemas personales. Cualesquiera que sean tus retos particulares, estos desastres no son culpa tuya. Aunque a través de acciones imprudentes hayas empeorado las cosas, tú no fabricaste estas cosas para empezar. Surgieron en tu vida como producto del pasado, del karma, y si fuera posible en tu trayectoria de vida simplemente encontrarse con estos temas y no empeorar las cosas, eso sólo sería ya una gran cosa. Y si pudieras ir más allá de eso, y siquiera mejorar las cosas un poquito, o mejorarlas mucho, creando algún bien a partir del conflicto que has heredado, entonces estarías ayudándote no sólo a ti mismo, sino también al mundo. Los problemas que tienes no son únicamente tuyos. Cuando haces la paz en un área pequeña del mundo estás prendiendo una lámpara que iluminará el espacio a todo tu alrededor. Si trabajamos en nuestros humanos problemas personales de manera egoísta, podemos trabajar en ellos durante mucho tiempo y no encontrar mucha satisfacción. Pero si entendemos que nuestros problemas particulares son solamente nuestro particular camino hacia la paz, el cual beneficia a todos, no únicamente a nosotros mismos, entonces pienso que podemos encontrar inspiración en el centro mismo de nuestras dificultades, podemos sentirnos ennoblecidos por ellas, en vez de hundidos por ellas. Aún si nuestros problemas continuaran durante mucho tiempo siendo difíciles, podemos encontrar algún sentido de misión que nos brinde inspiración mientras trabajamos a través de ellos, quizá durante toda una vida.

Después, necesitamos practicar directamente para los demás, beneficiar a los miembros de nuestra familia, de nuestra sangha, a nuestros clientes, colegas, pacientes, comunidades, nuestra nación, nuestro planeta. Necesitamos aceptar nuestra responsabilidad individual, reconocer nuestro poder personal para hacer el bien. Creo que lo que esto quiere decir es que ya llegó el momento en que verdaderamente pensemos en compartir nuestra práctica con otros, dejar de pensar en nuestra práctica como algo privado, personal, que no fuera parte de nuestro trabajo y de nuestra forma de compartir en el mundo. Ahora, no necesitamos pegarnos un letrero sobre nuestro pecho que diga “Practicante de Budismo Zen” o “Zen de Todos los Días”, ni necesitamos salir y convencer a todo mundo de las virtudes de Las Cuatro Nobles Verdades y del Óctuple Sendero. Pero si necesitamos estar dispuestos a involucrarnos en el mundo a través de nuestra práctica, de ir hacia adelante en dirección al mundo para probar y usar nuestra práctica. Esta frase “ir hacia adelante” fue la frase que se usó en el budismo para significar la toma de la práctica y el compartirla con los demás. Cuando alguien se unía a la sangha budista, a esto se le llamaba “ir hacia adelante”. Creo que es tiempo para nosotros de ir hacia adelante.

No obstante, si vamos hacia adelante, tenemos que estar dispuestos a tener diferencias con respecto a los demás, e ingeniárnoslas para saber como hacer con eso -como oponerse a los otros, incluso como pelear con otros, no en el espíritu de ganar y perder, no peleando contra algo o alguien, sino peleando y oponiéndose por y para el bien, por la compasión, por la decencia humana, y por un verdadero cuidado en el contexto de la vida social. Para poder llevar a cabo esta tarea debemos tomar fuerza explícitamente de nuestro fundamento espiritual, lo cual quiere decir que hemos de aprender a diferir sin amargura o miedo, a pelear sin violencia u odio. Esto es realmente muy muy difícil de hacer, y es la razón por la cual lo hemos evitado durante tanto tiempo.

A lo mejor ahora ya hemos practicado lo suficiente y estamos listos para asumir este reto. Es terrorífico, lo sé, pero tenemos que hacerlo. Si no lo hiciéramos, ¿a qué entonces se remontaría nuestra práctica? ¿Qué tipo de boddhisattvas seríamos si nos quedáramos en silencio todo el día frente a todo el sufrimiento justo delante de nosotros, y después al irnos a casa en la noche fuéramos a sentarnos silenciosamente mientras la vela en nuestro altar se consume? Sí, lo sé, es un mundo realmente grande, poderoso, y profundamente desquiciado, pero nosotros somos poderosos para actuar por el bien, y nuestro actuar por el bien sí hace una diferencia. Si el Buda enseño alguna cosa en absoluto, enseño lo siguiente: si esto es así, entonces eso es asá; acción positiva, resultado positivo. De alguna forma, de alguna manera, hace una diferencia. Podemos absolutamente confiar en esa enseñanza, no solamente porque lo dijo el Buda y le tenemos confianza al Buda, sino porque sabemos que es verdad, a través de la observación de nuestra propia mente y corazón, desde nuestros cojines de meditar como desde nuestras vidas. Por tanto, no estoy descontando la inmensidad de nuestros problemas, pero al mismo tiempo tengo mucha confianza en la inmensidad de nuestros votos como boddhisattvas. Tenemos que reconocer que nuestra intención no es cumplir con estos votos en el transcurso de un año, o en diez años, o ni siquiera en mil años. Nuestro compromiso es interminable -seguir para siempre adelante y adelante con nuestro camino hasta que el infinito trabajo de purificar al mundo se concluya.

Si hacemos nuestro el reto constante de involucrarnos con el mundo de esta manera, muy pronto nos daremos cuanta que una de las prácticas que tenemos que desarrollar es la práctica del perdón. Nos percataríamos de lo central que es esta práctica porque empezaríamos a notar que poca capacidad de perdonar tenemos. Notaríamos los enormes rencores que hemos guardado por mucho tiempo: rencores hacia nosotros mismos por ser los idiotas que somos; rencores hacia las otras personas por haber hecho las tantas y tantas cosas que nos hicieron para lastimarnos, y rencores hacia el mundo por ser tan estúpido, hiriente, violento, y decepcionante. Cuando comenzamos a ir hacia adelante en dirección hacia el mundo nos percatamos de los muchos rencores que tenemos y que tan absolutamente incapaces de perdonar somos. Nos empezamos a dar cuenta como esta incapacidad nos bloquea, nos detiene en nuestras vías, como una puerta grande, gruesa, y de doble cerradura puesta sobre el corazón. No podemos hacer nada hasta que no abramos esa puerta, y el abrir esa puerta constituye la práctica del perdón.

Existe un enorme malentendido con respecto a la práctica del perdón. Creemos que tiene que ver con perdonar a otras personas. Sin embargo, en realidad el perdonar es una práctica para nosotros, el abrir la puerta hacia nuestros corazones de tal forma que podamos encontrar algún alivio, y nuestros corazones puedan obtener algo de suavidad. Perdonar no significa excusar o justificar malas acciones, y no significa no reconocer lo verdaderamente terrible que puede ser el mundo, y lo es. Lo que perdonar quiere decir es soltar nuestros rencores, dejar ir nuestra amargura, decepción, nuestra insistencia en sentirnos impotentes y victimizados. Esa amargura, toda esa desilusión, no nos ayuda ni un milímetro a transformarnos, no nos ayuda a ayudar a los demás, a cambiar el mundo. Lo único que hace es debilitarnos, detener nuestra marcha incluso para dar un solo paso hacia adelante. Probablemente, tengamos que perdonar más de una vez, una y otra y otra vez.

Al practicar el perdonar, lo primero que hay que notar es cuanto uno no quiere perdonar, que tan apegados estamos a nuestros diversos rencores, cuanto estamos esperando a que de alguna manera el mundo cambie y todos nuestros rencores desaparezcan y así no tengamos que hacer todo el trabajo desagradable de sentir que tan destrozados estamos por lo que nos ha sucedido. Y noten que tanto constantemente reafirmamos los resentimientos que tenemos para con nosotros mismos, para con otros y con el mundo. Cada vez que deseamos que nuestro dolor desaparezca del todo mágicamente y cada vez que esta expectativa se ve frustrada, noten como nuestros rencores se ven reforzados. Por lo tanto, lo primero que tenemos que hacer tanto en nuestros cojines de meditar, como fuera de ellos, es aceptar profundamente que tan endurecidos están nuestros corazones, que tanto amamos a nuestros rencores, y que tanto insistimos en justificarlos.

Lo segundo que tenemos que hacer -y esto es verdaderamente difícil- es permitirnos a nosotros mismos realmente sentir todo este dolor. Por eso es que estamos culpando a todo mundo -es mejor si te culpo a ti. Si estoy enojado contigo, me siento más poderoso. Realmente no soy poderoso, pero puedo pensar que lo soy si me pongo bien enojado. Y si no te culpara, y si no estuviera enojado contigo, o conmigo, entonces tendría que experimentar lo mal que verdaderamente me siento, que apaleado, enojado, frustrado y vulnerable estoy. No queremos hacer eso, por lo que albergamos nuestra larga lista de rencores. Como consecuencia, les sugiero que dejen entrar estas emociones terribles, que incluso las inviten a venir. Permítanse experimentarlas -confíen en su respiración, en su cuerpo, su práctica, su comunidad. Es aguantable, no tengan miedo de estos sentimientos. El camino de las lágrimas es el mejor camino. No se preocupen, está bien sentirse sobrepasado por la propia vida. Cualquier ser humano que sea honesto es sobrepasado (desbaratado) por su propia vida. Dense permiso de sentirlo. Esta práctica toma mucho tiempo, requiere de mucho trabajo, y uno regresa a ella una y otra vez, porque cada día hay heridas nuevas, y nuevos problemas.

Cuando hayan realizado este segundo paso se convertirá en algo muy natural el observar que quien sea que los haya lastimado tan profundamente no lo hizo al propósito sino a partir de la confusión y el dolor. No es culpa de ustedes; no es culpa de ellos, no es culpa del mundo. Es tal y como el Buda enseñó: es condicionamiento, karma del pasado. Pueden sentir el dolor que resultó, pueden mirar al mundo y comprender, así es como es. Tomando en cuenta todo lo que pasó, ¿cómo podría haber sido de otra manera? Van a ser capaces de sentir la completa inmensidad del pesar y la aflicción del mundo, y entenderán. Serán lo suficientemente grandes para dejarlos entrar, y perdonar. Una vez que hagan eso, una vez que entiendan cómo y porqué estos desastres ocurrieron, eso en sí mismo ya es perdonar. La puerta se cae y se abre por sí sola, no tienen que demolerla, y un poco de viento y sol así pueden pasar.

Entonces se encontrarán listos para comenzar el trabajo de la paz. Estarán listos para empezar a pensar, “Bueno, ¿qué de mi vida, qué he de hacer por los demás, por el mundo?” Cuando perdonas, una y otra vez, más y más profundamente, manteniendo tu corazón claro, y las puertas de tu corazón abierto, estarás listo para tomar tu lugar en las filas del gran Ejército para la Paz. Y quizá entonces tengamos un mundo de Paz. Estoy seguro de que efectivamente esto ya está ocurriendo, pero no sucederá lo suficientemente pronto sin tu esfuerzo, y sin el mío.

Tal vez todo esto sea sólo un sueño que estoy inventando. En definitiva, es sólo un sueño. Pero el mundo también es un sueño, y este sueño del cual les estoy hablando es un sueño humano, sostenedor, y eso sí no lo estoy inventando. En realidad, otras personas inventaron este sueño antes que yo. Los seres humanos son por naturaleza soñadores, por lo cual necesitamos un sueño. Ya tenemos un sueño, uno que alguien nos entregó en el camino de entrada, el que obtuvimos en la escuela, en el cine, televisión, las confusiones inmersas en nuestro lenguaje, el sufrimiento en nuestras familias. Todo esto nos ha brindado un sueño al cual llamamos vida normal. Quizá necesitemos un sueño mejor.

Es momento ahora para nosotros el darnos cuenta que, aunque sepamos que no somos perfectos, aunque no todas nuestras heridas estén cicatrizadas, estamos listos para asumir mayor responsabilidad por el mundo, y que eso nos va a ayudar también. No es una proposición de blanco o negro; incluye a ambas. Yo no sé con precisión que quiera decir esto para cada uno de nosotros, o para mí mismo llegado el caso, pero pienso que lo podemos descubrir entre todos, podemos alentarnos los unos a los otros, y podemos hacer lo que necesitamos hacer. Como el gran rabino, Hillel, alguna vez dijo, “Si no soy para mí mismo, entonces ¿quién lo será por mí? Y si no soy para los demás, entonces ¿qué soy? Y si no comienzo ahora, entonces ¿cuándo comenzaré?”

Muchas gracias.

Traducido por Sergio Stern, Xalapa, Veracruz, México. sstern@prodigy.net.mx

© 2004, Norman Fischer